-Adiós- dije mientras buscaba su abrazo junto con el usual
(y para mí indispensable)
beso en la mejilla.
-Ad..- respondía cuando nuestros labios se encontraron
(¿sin intención?)
súbitamente como las fuerzas que dieron origen al universo,
sin precedente ni obligación,
destinadas a crear las estrellas.
Nuestras miradas se fundieron en un segundo,
convertido en eterno,
por lo efímero de su existencia en ese momento.
La sorpresa de ese ínfimo instante agudizó mis sentidos
(duele saber que el último es también el primero)
mientras experimentaba el tibio contacto de su boca,
notaba sobre mi piel la marca que dejaba el aire abandonándola en cada suspiro.
Se alejaba lentamente
(¿porqué todo debe terminar?)
sin convicción por separarse de mí.
El amor es demasiado complicado
(soy un tonto por tratar de comprenderlo)
porque lo más simple es siempre lo más complejo;
aunque ahora sé que ese estúpido y maravilloso sentimiento
(lleno de feliz amargura)
tiene sabor a beso.
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